Nota Cultural
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas; 16 de agosto de 2026
A propósito de los más de 10 mil años de presencia humana en el valle de Tuchtlán (lugar donde abundan los conejos), documentados entre otros en el libro Zoques de Tuxtla (Gómez Maza, 2017), es importante agregar los estudios de Teología Indígena reconocidos por el Vaticano a partir del Papa Francisco, como los del Sacerdote Eleazar López Hernández, quien afirma que el Sol, la Luna, los astros y las estrellas, lo mismo que las montañas y los manantiales de agua -como parte de los espacios sagrados de la Madre Naturaleza- son “Manifestaciones concretas de la presencia de Dios” para los pueblos antigüos de nuestro continente, desde que eran nómadas cazadores-recolectores.
Por eso, en el Territorio Sagrado de Tuchtlán y sus alrededores –al igual que en toda el área de la civilización mesoamericana, una de las seis Culturas Madre o Culturas Originarias del mundo, que comprende del norte de México hasta Nicaragua-, esas energías naturales eran honradas y agradecidas mediante ceremonias comunitarias especiales, que refuerzan el sentido de comunidad al recordar las raíces y creencias comunes en fechas clave relacionadas con los solsticios de invierno y de verano, entre otras. Es el caso de las fiestas de agosto, es probable que respondieran principalmente a la necesidad de pedir que las lluvias fueran ni más ni menos que las necesarias para el buen crecimiento de sus siembras agrícolas de temporal, de las que dependía su alimentación; ya que el trabajo y los rituales colectivos organizaban su sistema general de vida, con sus usos y costumbres que al repetirse año tras año formaban parte esencial de las tradiciones que normaban su existencia.
Por eso, con la conquista espiritual a partir de 1528 y especialmente con los métodos de evangelización menos violentos ensayados por los frailes dominicos llegados con el primer obispo de Chiapas -Fray Bartolomé de Las Casas- en 1545, las ceremonias antiguas de agosto fueron sustituídas por las dedicadas a San Roque y San Bartolomé. Según los hallazgos de la arqueología, en ese tiempo la ciudad zoque de Tuchtlán contaba con unos mil habitantes y uno de sus espacios de mayor importancia poblacional quedaba en la ruta del centro actual con rumbo hacia la loma donde construyeron el templo del barrio de San Roque (Gómez Maza, 2017: 97).
La importancia de las celebraciones -ya cristianizadas- en estas fechas, también se debe a que los Aztecas de la ciudad de México dejaron de defenderse con las armas el 13 de agosto de 1521, según el cronista europeo Bernal Diaz del Castillo. A partir de entonces, en aquella ciudad dedicaron esa fecha y el 15 de agosto a celebrar a la vírgen María a quien consideraban su principal protectora, bajo la advocación de La Asunción, el misterio según el cual la madre de Jesucristo fue llevada al cielo en cuerpo y alma, el lugar hacia el que los promotores de la nueva religión invitaban a merecer por medio de la conversión a las creencias y prácticas del catolicismo. Primero en la catedral de México y a partir del siglo XVIII en la gran capilla junto a la misma se estableció la devoción a la Virgen de la Asunción, al mismo tiempo que fue propagada en las ciudades coloniales de ese entonces.
Hoy que celebramos un año más de fiesta patronal que refuerza la devoción, las redes de amistad, de colaboración y de memoria de las raíces ancestrales del barrio de San Roque, vaya para todas y todos sus habitantes y quienes disfrutamos de estos agradables momentos, un afectuoso saludo con la renovación de nuestro compromiso con la vida.
FRATERNALMENTE: Grupo Cultural Nuevo Tuchtlán.



